Una anécdota sobre una oda de Horacio. Primero, el poema en cuestión, en la traducción de Alejandro Bekes:

Horacio, Oda VII, libro IV

Han huído las nieves; la grama vuelve a los prados
y a los árboles su follaje;
cambia de faz la tierra, decreciendo soslayan
su ribera los ríos.

La Gracia con las ninfas y sus gemelas ya se atreve
a guiar las danzas desnuda.
Inmortal nada esperes, dice el año, y la hora
Que el día vital se lleva.

Los céfiros templan el frío, la primavera arrasa
luego el verano, que se acaba
cuando el cargado otoño rinde frutos, y pronto
vuelve el invierno inerte.

Daños que el cielo causa, los reparan rápidas lunas;
nosotros, cuando descendemos
adonde el padre Eneas y el rico Tulo y Anco
polvo somos, y sombra.

¿Quién sabe si a la suma de tus días otro mañana
añadirán los dioses?
No irá a las manos ávidas de tu heredero aquello
que, amigo de ti mismo,
te concedas. Cuando estés muerto y Minos haya dictado
sobre ti su fallo inapelable
no, Torcuato, tu estirpe, elocuencia ni piedad
Te volverán a la vida.

Porque de las tinieblas inferiores, ni Diana a Hipólito
Pudo librar, ni aunque amado,
Teseo ha logrado quebrantar las cadenas
Que atormentan a Piritoo.

Hay una curiosa anécdota sobre esta oda. El profesor Housman, de Cambridge, pasaba por ser un erudito insensible, que explicaba en clase las Odas de Horacio sin mirar a los alumnos, concentrando toda su atención en el texto, la sintaxis y la prosodia. Una mañana de 1914 llegó a la Oda diffugere nives (VII, IV) y la analizó como solía, con ironía e ingenio. Luego, cosa insólita, dijo que iba a emplear los minutos finales de la clase para leer este texto “simplemente como poesía”. Lo leyó en latín, con voz conmovida, y luego en una versión inglesa que él mismo había hecho. Después dijo, como quien traiciona un secreto ardientemente guardado: “Éste es para mí el poema más hermoso de toda la literatura antigua”, y salió del aula.

Gilbert Highet La tradición clásica.

Una anécdota sobre el Kalevala, el poema épico nacional de Finlandia, compilado de las recitaciones orales de los bardos populares por Elías Lönnrot en el siglo XIX:

Un viejo laulaja (bardo) que recitó el poema sobre el origen del mundo, al terminar su recitación miró a Lönrott y le dijo:

“Tú y yo sabemos que ésta es la verdad sobre el origen del mundo.”

(Santillana, Hamlet’s Mill)

Campesinos finlandeses cantando el Kalevala

Campesinos finlandeses cantando el Kalevala

“Yo soy esa nada”

Un relato que a Borges le gustaba narrar oralmente, de acuerdo con María Luisa Bombal y Waldemar Dante:

En un gran banquete en cierto país monárquico, cada cual estaba sentado según su jerarquía, aguardando la aparición del rey. En eso entró Borges, un hombre común, de aspecto mísero por su ceguera y sus años. Sin embargo, fue a sentarse en el trono del rey. Su actitud desconcertó a todos, pero nadie atinó a hablar, excepto el Primer ministro, quien, obviamente, no era lector de Borges, pues secamente le ordenó identificarse. ¿Era un embajador? No: más. ¿Era un ministro extranjero? No: más. ¿Era un enviado del rey? No: más.

- Más alto de quienes he nombrado, sólo está el rey -dijo irónico el Primer ministro-. ¿Es usted, acaso, el rey?

- No; por encima de él.

- ¿Es entonces Dios? -preguntó ciertamente molesto.

- Estoy aún más allá -respondió Borges.

- ¡Nada hay más allá de Dios!

- Yo soy esa nada -terminó.

De la biografía de Fernando Pessoa, por João Gaspar Simões:

El doctor Jaime Neves, primo del poeta, que lo había visto últimamente, le había prohibido beber: una copa más de aguardiente y sería el fin. El poeta decía, serenamente, como quien en verdad está convencido de que la muerte no existe:

“Neófito, no hay muerte”

y continuaba bebiendo.

"Em flagrante delitro"

"Em flagrante delitro". Fotografía de Fernando Pessoa en la Bodega Abel Pereira da Fonseca enviada por el poeta a Ophelia Queiroz en 1929.

Hay algunos de nosotros que hemos contemplado en la noche de nuestra cárcel terrena la luz ardiente de algo que no es la vida. Eso es lo que aquí perseguimos. El propósito de este blog es presentar instantáneas iluminadoras a propósito de la literatura. El comentario será inexistente o mínimo. No queremos interponernos entre la mente y la luz.  No perseguimos la luz material, sino aquella de la que hablaba Coleridge al decir que “la belleza es a la mente lo que la luz es al ojo”. Presentamos aquí nuestro exvoto a esa luz.


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